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M. R. James (Goodnestone, Kent, 1862 – Eton, 1936) fue anticuario, medievalista y escritor británico, considerado el maestro indiscutible del relato de fantasmas en lengua inglesa. Su obra narrativa —un pasatiempo, según él mismo insistía— redefinió el género y sigue siendo referencia ineludible para cualquier escritor de terror que venga después.

Montague Rhodes James creció en la rectoría de Great Livermere, en Suffolk, un lugar cargado de historias de aparecidos donde de niño tuvo pesadillas recurrentes y, al menos en una ocasión, creyó ver un espectro en el jardín. Esa infancia entre campos brumosos y tradiciones orales impregnaría décadas después algunos de sus cuentos más perturbadores. Se educó en Eton College y luego en el King’s College de Cambridge, instituciones a las que dedicó toda su vida académica: llegó a ser director de ambas. Su mundo real era el de los manuscritos medievales, las iglesias románicas, los archivos polvorientos y las bibliotecas que huelen a siglos. Tardó cuarenta años en catalogar las colecciones manuscritas de Cambridge. Descubrió un mural del siglo XV en la capilla de Eton. Tradujo el Nuevo Testamento Apócrifo. No se casó, no tuvo hijos, y apenas salió del perímetro trazado por los libros y la erudición.

Los relatos de terror los escribía como alivio, y en principio para leerlos en voz alta ante sus alumnos en Nochebuena. Reunió toda su ficción fantástica en cinco colecciones, desde Ghost Stories of an Antiquary (1904) hasta The Collected Ghost Stories (1931): treinta y un relatos en total, cada uno de ellos un ejercicio de precisión y contención. James rompe con el fantasma victoriano —lívido, compasivo, melancólico— y lo sustituye por algo mucho más inquietante: criaturas apenas descritas, monstruosas y de origen oscuro, que irrumpen en escenarios reconocibles y cotidianos. Sus protagonistas son hombres tranquilos —arqueólogos, paleógrafos, bibliotecarios, latinistas— que se parecen mucho a él mismo, y el horror llega siempre de forma oblicua, acumulando indicios que solo cobran sentido cuando ya es demasiado tarde. H. P. Lovecraft, que no prodigaba los elogios, lo consideró uno de los grandes.

Admiraba profundamente a Sheridan Le Fanu —en cuya reedición trabajó en 1923— y afirmaba que era superior a Poe. Él mismo, sin embargo, había llevado el género más lejos que ambos: la angustia en sus relatos no reside en el personaje, sino en el lector, que ve acercarse la amenaza mientras la víctima permanece ajena. Esa asimetría, manejada con humor socarrón e ironía muy británica, es la marca de su estilo.