Eliza Lynn Linton (Keswick, Cumbria, 1822 – Londres, 1898) fue novelista, periodista y ensayista victoriana, y la primera mujer en cobrar un salario como periodista en Gran Bretaña. Una figura contradictoria y fascinante: pionera por su independencia y su trayectoria profesional, y al mismo tiempo una de las voces más combativas contra el feminismo de su época.
La menor de doce hijos de un vicario anglicano, perdió a su madre a los cinco meses de vida y se educó en gran medida por cuenta propia. En 1845, sin más respaldo que su determinación y su talento, abandonó el hogar familiar en Cumbria y se instaló en Londres para ganarse la vida como escritora. Llegó con el apoyo del novelista William Harrison Ainsworth y del poeta Walter Savage Landor, y pronto se abrió camino en la prensa: en 1849 se incorporó a la redacción del Morning Chronicle, convirtiéndose en la primera mujer asalariada del periodismo británico. Colaboró después con regularidad en publicaciones de la talla de Household Words de Charles Dickens, The Cornhill Magazine y el Daily News, entre otras, y fue conocida y tratada de igual a igual por figuras como George Eliot.
Su obra narrativa es extensa —más de veinte novelas— y alcanzó su mayor reconocimiento tras separarse de su marido, el grabador y poeta cartista W. J. Linton, con quien había compartido la célebre Brantwood en el Lake District. Títulos como The True History of Joshua Davidson (1872), Patricia Kemball (1874) y The Autobiography of Christopher Kirkland (1885), autobiografía apenas velada bajo un protagonista masculino, la situaron entre las novelistas más leídas de su tiempo.
Pero Linton es también recordada por sus ensayos polémicos, en particular «The Girl of the Period» (1868), un ataque frontal a la mujer moderna que generó un escándalo considerable y la convirtió en blanco del debate público. La paradoja que define su figura es que ella misma encarnaba exactamente aquello que criticaba: una mujer que vivía de su pluma, que se separó de su marido, que viajó sola por Europa y que construyó una carrera con una autonomía que pocas de sus contemporáneas pudieron permitirse. La crítica revisjonista ha señalado, además, que sus propias novelas muestran una simpatía inconsciente hacia las mujeres rebeldes que sus artículos condenaban.
En 1896 fue una de las primeras mujeres elegidas para la Sociedad de Autores, y la primera en formar parte de su comité. Murió en Londres en 1898, dejando una obra densa, contradictoria y todavía llena de aristas por explorar.

