Delmira Agustini escribió sobre el deseo femenino cuando todavía resultaba extraño que una mujer se reconociera como sujeto deseante. Habló del cuerpo sin reducirlo a objeto contemplado y llevó el amor a un territorio donde el placer convive con la angustia y la muerte parece su desenlace natural.
Nació en Montevideo en 1886. Empezó a escribir muy joven y publicó su primer libro, El libro blanco (Frágil), en 1907. Después llegaron Cantos de la mañana (1910) y Los cálices vacíos (1913). Su obra se inscribe dentro del modernismo, aunque desborda buena parte de sus convenciones. Agustini utilizó el lenguaje de símbolos y ambientes irreales del movimiento para construir una identidad que deseaba y reclamaba en lugar de esperar a ser amada.
En sus poemas el amor pocas veces consuela. Es una experiencia que altera a quien la vive, acerca los cuerpos y descubre al mismo tiempo la distancia que sigue existiendo entre ellos. El amante puede ser una presencia esperada durante la noche o una fuerza capaz de herir. El deseo nunca se separa del miedo a perder aquello que se desea.
Esa tensión explica que su erotismo no se agote en la provocación frente a la moral de su tiempo. En sus versos hay una pregunta constante por los límites del yo. Amar supone salir de uno mismo, aunque la entrega conduzca a la destrucción. El cuerpo es el lugar donde ocurre ese conflicto y la palabra poética trata de decirlo sin suavizarlo.
Su escritura impresionó a Rubén Darío, que firmó el «Pórtico» de Los cálices vacíos. Allí afirmó que ninguna de las mujeres que entonces escribían en verso le había conmovido como ella, y comparó la verdad de su voz con la exaltación de santa Teresa. El elogio deja ver hasta qué punto entendió que estaba ante una autora distinta.
Durante mucho tiempo, sin embargo, la lectura de su obra quedó condicionada por las circunstancias de su muerte. El 6 de julio de 1914, pocas semanas después de formalizarse su divorcio, la asesinó su exmarido, Enrique Job Reyes, que se suicidó a continuación. Tenía veintisiete años. La violencia del crimen alimentó una imagen trágica que terminó ocupando el lugar de sus poemas. Leerla exige evitar esa reducción: la muerte aparece en su escritura mucho antes del asesinato y pertenece a una idea del amor en la que la plenitud trae consigo la posibilidad de desaparecer.
Nuestra edición de Delmira Agustini para la colección La letra íntima reúne los poemas en los que esa voz alcanza mayor libertad. A lo largo de 64 páginas, la selección recorre su manera de escribir el deseo y el vínculo entre el amor y la muerte, sin limar aquello que hace de su poesía una experiencia difícil de domesticar.
Más de un siglo después, sus poemas conservan intacta su fuerza porque Agustini escribió desde un lugar que la poesía de su época apenas reconocía y convirtió el deseo femenino en una voz propia.
