El velo negro

Tal día como hoy en 1812, nacía Charles John Huffam Dickens, escritor inglés, autor de las famosas novelas Oliver Twist, Historia de dos ciudades y David Copperfield, entre otras. Además fue un magnífico cuentista, un ejemplo de ello es Cuento de navidad, muy popular en su época y hoy en día, pero aquí vamos a dejaros el cuento de El velo negro, que recogimos para la edición de Terror sin límites, dentro de nuestra colección TENEBRE. Traducción de Marino Costa.

Una noche de invierno, cercana al final del año 1800, más o menos, un joven practicante de medicina que acababa de establecer su consulta estaba sentado frente al fuego que ardía, alegre, en su pequeña sala mientras escuchaba cómo el viento castigaba las gotas de lluvia contra su ventana y aullaba horriblemente en la chimenea. Era una noche húmeda y fría; él se había pasado el día caminando entre barro y agua, y ahora descansaba plácidamente en bata y zapatillas, más dormido que despierto, resolviendo un millar de problemas que abordaban su imaginación. En primer lugar, pensó en la fuerza con la que soplaba el viento y cómo golpearía esa lluvia fría y afilada su rostro si no estuviera cómodamente resguardado en su casa. A continuación, su mente regresó a la visita navideña que todos los años hacía a su lugar de origen; pensó en cómo se alegrarían todos sus amigos de verle y en lo feliz que haría a Rose cuando le contase que por fin había conseguido un paciente, que esperaba tener muchos más y que regresaría en unos pocos meses para casarse con ella y llevarla a su hogar, donde alegraría estas solitarias sesiones frente al fuego y animaría sus duras jornadas de trabajo. Comenzó a preguntarse cuándo aparecería su primer paciente o si, quizás, estaba destinado por algún capricho de la providencia a nunca tener ninguno; volvió a pensar en Rose de nuevo, se quedó dormido y soñó con ella hasta que los tonos de su dulce voz comenzaron a resonar en sus oídos y su mano, pequeña y suave, reposó sobre su hombro.
Había una mano sobre su hombro, pero no era ni pequeña ni suave; su dueño era un chico corpulento y cabezón que, a cambio de un chelín a la semana y comida, se encargaba del reparto de medicinas y mensajes. Sin embargo, al no haber demanda alguna de medicina y tampoco de mensajes, solía ocupar sus horas ociosas —unas catorce al día— en tomar pastillas de menta y dormir.
—¡Una dama, señor! ¡Una dama! —susurró el muchacho mientras despertaba a su patrón agitándolo.
—¿Qué dama? —gritó nuestro amigo sobresaltado. Aún no estaba del todo seguro de si se trataba de un sueño o una ilusión y esperaba que se tratase de la propia Rose—. ¿Qué dama? ¿Dónde está?
—¡Allí, señor! —respondió el muchacho señalando la puerta de cristal que llevaba a la consulta y con esa expresión de alarma que tiende a provocar la repentina aparición de un cliente inesperado.
El médico miró hacia la puerta y se estremeció, durante un momento, mientras contemplaba la aparición de su visitante.
Se trataba de una mujer particularmente alta y vestida de luto, estaba tan cerca de la puerta que su rostro casi tocaba el cristal. La parte superior de su figura estaba cuidadosamente envuelta por un mantón oscuro, como si quisiese ocultarla, y su cara estaba cubierta tras un velo negro. Se mantenía perfectamente erguida, revelando su altura por medio de la silueta que dibujaba; el médico pudo sentir cómo la mirada tras ese velo se clavaba sobre él, pero ella permanecía perfectamente inmóvil y no evidenciaba, por medio de gesto alguno, que fuese siquiera consciente de su presencia.
—¿Desea consultarme? —preguntó dubitativo mientras sostenía la puerta abierta. Se abría hacia el interior, por lo que esto no alteró la posición de la mujer, que permaneció inmóvil en la misma posición.
Ella inclinó su cabeza, asintiendo.
—Por favor, pase —dijo el médico.
La figura avanzó un paso; entonces, giró su cabeza en dirección al muchacho —aterrorizándolo sin remedio— y pareció dudar.
—Sal de la habitación, Tom —dijo el joven refiriéndose al muchacho, cuyos ojos redondos se habían abierto hasta el extremo durante esta breve entrevista—. Corre las cortinas y cierra la puerta.
El chico corrió una cortina verde sobre el cristal de la puerta, entró en la consulta, cerró la puerta tras de él e, inmediatamente, colocó uno de sus enormes ojos al otro lado de la cerradura.
El médico acercó una silla al fuego y ofreció asiento a su visitante. La figura misteriosa se movió lentamente hacia él. A medida que el fuego iluminaba el vestido negro, el médico observó que los bajos estaban inundados de barro y lluvia.
—Está usted empapada —dijo.
—Lo estoy —dijo la extraña en voz baja y profunda.
—¿Está enferma? —prosiguió el médico con tono compasivo, al notar que se trataba del tono de voz de una persona dolorida.
—Lo estoy —dijo como respuesta—, muy enferma; pero no se trata de mi cuerpo, sino de mi mente. No he acudido a usted —prosiguió la extraña— por mí misma o por mi propia salud. Si fuese yo la enferma no saldría sola en una noche como esta; y si me fuese a suceder lo mismo dentro de veinticuatro horas, Dios sabe cuán feliz me echaría y rezaría por que me llegase la muerte. Es por otra persona que busco su ayuda, señor. Puede parecer digno de un loco hacer esta petición en su nombre… pero noche tras noche, y a través de las largas y sombrías horas de observación y llanto, este pensamiento siempre ha estado presente en mi cabeza; soy consciente de que la ayuda humana podría ser inútil para él, pero la idea de depositarlo en su tumba sin ella hace que se me congele la sangre en las venas. —Un fuerte escalofrío, que el médico sabía que no podía ser fingido, recorrió el contorno de su interlocutora.
Había un cariño especial en las palabras de esta mujer que enternecieron el corazón del joven. Era novato en su profesión y aún no había contemplado tantas miserias como otros colegas más experimentados e insensibles ante el sufrimiento de sus prójimos.
—Está bien —dijo rápidamente—, si la persona de la que habla está en tan malas condiciones como usted describe, no debemos perder un momento. Iré con usted al instante. ¿Por qué razón no trató de obtener asistencia médica antes?
—Porque hubiese sido inútil entonces… porque incluso ahora es inútil —respondió la mujer estrechando sus manos apasionadamente.
Por unos instantes, el médico trató de observar a través del velo oscuro, como si tratase de discernir la expresión del rostro que se encontraba tras él; su grosor, sin embargo, hizo que algo así resultase imposible.
—Usted está enferma —dijo amablemente—, pero no lo sabe. La fatiga le ha permitido soportar, sin darse cuenta, una fiebre que ahora mismo está ardiendo dentro de usted. Ponga esto en sus labios —prosiguió mientras servía un vaso de agua—, recompóngase y dígame, con calma, qué clase de enfermedad tiene el paciente y cuánto tiempo lleva enfermo. Cuando sepa lo que es necesario, podré acompañarla y hacer que mi visita sea útil para él.
La extraña llevó el vaso de agua a sus labios, sin levantar el velo, y volvió a posarlo sin siquiera probarlo; entonces, rompió a llorar.
—Ya sé —dijo, sollozando a gritos— que lo que le acabo de decir parece causado por la fiebre. Me lo han dicho antes y de manera menos educada que la suya. No soy una joven; dicen que cuando la vida se aproxima a su final, esos últimos momentos, aunque parezcan insignificantes, son mucho más preciosos para su dueño que todos los años que hayan podido transcurrir antes ligados a todos esos viejos amigos que han muerto hace tiempo y a los más jóvenes —niños, quizá— que se han perdido por el camino y lo han olvidado como si también hubiesen muerto. No me quedan muchos años de vida, debo ser sincera en ese aspecto; pero daría lo que me resta sin dudar… con alegría… feliz… si lo que le estoy contando fuese algo falso o algo que solo estuviese en mi mente. Mañana por la mañana, la persona de la que hablo estará fuera del alcance de ninguna ayuda humana, lo sé, me gustaría poder creer que no será así; sin embargo, esta noche, aunque está en peligro de muerte, no puede verlo, no podrá ayudarlo.
—No deseo acrecentar sus nervios —dijo el doctor tras una breve pausa— haciendo comentario alguno sobre lo que acaba de decir, o parecer deseoso de inquirir acerca de un sujeto que usted está ansiosa por ocultar; pero hay una inconsistencia en su afirmación que no puedo pasar por alto. Esta persona va a morir esta noche y no podré verla mientras pueda servirle de ayuda; usted afirma que mañana será inútil y, aun así, ¡no me permitirá verla hasta entonces! Si, como afirma, se trata de alguien tan querido para usted, ¿por qué no tratar de salvar su vida sin dilación antes de que la enfermedad se extienda sin remedio?
—¡Por el amor de Dios! —exclamó la mujer sollozando amargamente—. ¿Cómo puedo pretender que los extraños crean lo que a mí misma me parece increíble? ¿No le atenderá, señor? —prosiguió mientras se levantaba repentinamente.
—No he dicho que vaya a declinar atenderle —respondió el médico—; pero debo advertirle que, si persiste en su intención de postergarlo y el paciente se muere, una terrible culpa reposará sobre sus hombros.
—La culpa habrá de reposar en algún lugar —respondió con tristeza la extraña—. Cualquiera que sea la culpa será enteramente mía y estaré orgullosa de cargar con ella, lista para confesarme.
—Yo no incurriré en culpa alguna —prosiguió el médico—, por el hecho de acceder a su petición. Lo veré por la mañana, si me deja la dirección. ¿A qué hora podré verlo?
—A las nueve —respondió la extraña.
—Debe perdonar la insistencia de mis preguntas —dijo el médico—. ¿Está a su cargo ahora?
—No lo está —replicó.
—Entonces, si le diera instrucciones para tratarlo durante la noche, ¿sería incapaz de asistirlo?
La mujer lloró amargamente antes de responder.
—Así es.
Al darse cuenta de la escasa perspectiva de obtener más información prolongando la entrevista y ansioso por aliviar la tristeza de la mujer que, aunque al principio había sido reprimida con gran esfuerzo, ahora estaba desatada y era algo realmente doloroso de contemplar, el médico reafirmó la promesa de que acudiría por la mañana a la hora acordada. Su visitante, tras indicarle una dirección en un callejón oscuro de Walworth, abandonó la casa rodeada del mismo misterio con el que había accedido.
Es fácil creer que una visita tan extraordinaria produjo una considerable impresión en la mente del joven médico y que pasó largo rato especulando acerca de las posibles circunstancias del caso, con poco éxito.
Al igual que otra gente, había oído y leído acerca de historias particulares en las que el presentimiento de la muerte, en un día particular o incluso un minuto, se había hecho realidad. Hubo un momento en el que estuvo inclinado a pensar que estaba ante tal tipo de caso, pero entonces se dio cuenta de que las anécdotas de ese estilo que conocía eran de personas a las que habían molestado con la premonición de su propia muerte. Esta mujer, sin embargo, hablaba de otra persona… un hombre; era imposible suponer que un simple sueño o fantasía engañosa pudiese empujarla a hablar de ese desenlace fatal con la misma seguridad con la que ella lo había hecho. ¿Podría ser que el hombre fuese a ser asesinado por la mañana y que la mujer, parte de la conjura, pero atada por un juramento de silencio, hubiese decidido que, aunque no podía impedir que hiciesen daño a la víctima, quizá si podría impedir su muerte interponiendo la ayuda de un médico en el momento oportuno? La idea de que tales cosas pudiesen suceder a tan solo dos millas de la metrópolis parecía demasiado descabellada y absurda como para seguir dándole vueltas. Volvió a su idea original, que consistía en que el intelecto de esa mujer estaba desordenado; era el único modo de resolver el misterio con algún grado de satisfacción y se esforzó en creer que estaba loca. Hubo ciertas dudas que no pararon de asaltar sus pensamientos una y otra vez durante el trascurso de esa noche tan aburrida, en la que no pudo dormir; tampoco consiguió, pese a sus muchos esfuerzos, alejar ese velo negro de su perturbada imaginación.
El extremo de Walworth, a gran distancia de la ciudad, es un lugar perdido y miserable, incluso en estos tiempos; pero hace treinta y cinco años, la mayor parte de él era poco mejor que el más deprimente de los vertederos: habitado por algunas personas dispersas y de cuestionable carácter cuya pobreza les impedía vivir en un barrio mejor u otras cuyos problemas con la justicia les hacían desear la soledad que les proporcionaba. Muchas de las casas que se han construido desde entonces no se levantaron hasta muchos años después; la gran mayoría de las que brotaron, a intervalos irregulares, son de lo más miserable y tosco que uno se pueda encontrar.
El aspecto del lugar por el que caminaba el médico esa mañana no había sido diseñado para levantar sus ánimos ni para disipar cualquier sentimiento de ansiedad o depresión que hubiese despertado el tipo de visita que estaba a punto de hacer. Comenzando desde la carretera, se extendían varios caminos irregulares a través del terreno pantanoso y, de cuando en cuando, se podían encontrar algunas cabañas ruinosas que se caían a pedazos. El camino estaba bordeado por árboles raquíticos y charcos fétidos, inundados por la lluvia de la noche anterior; de vez en cuando, se podía encontrar alguna triste parcela de hierba en la que habían clavado algunos tablones viejos para hacer una casa de verano. Las viejas empalizadas, torpemente arregladas con estacas arrebatadas de los arbustos colindantes, eran testimonio de la pobreza de los habitantes y de los pocos escrúpulos que mostraban a la hora de apropiarse de las cosas de los demás para su propio uso. De vez en cuando aparecía alguna mujer con mal aspecto por la puerta de una casa desastrosa, con el fin de vaciar algún utensilio de cocina por la alcantarilla de la puerta o para gritar a alguna niña desaliñada que había planeado escaparse de casa cargando en sus brazos a un bebé casi tan grande como ella. Apenas nada se movía alrededor, todo aquello que se podía ver entre esa niebla húmeda y espesa presentaba un aspecto solitario y deprimente que encajaba perfectamente con los objetos descritos anteriormente.
Tras caminar pesadamente a través del barro y las ciénagas, preguntar muchas veces por el lugar al que tenía que dirigirse y recibir muchas respuestas contradictorias e insatisfactorias, el joven llegó al fin a la casa cuya dirección le habían entregado. Se trataba de un edificio pequeño y bajo, tan solo una planta superior, y su exterior era incluso más desolado y poco prometedor que el de aquellos que había dejado atrás. Una vieja cortina amarilla tapaba la ventana del piso superior, las contraventanas del salón estaban cerradas, pero no aseguradas. La casa no era contigua a ninguna otra y, desde su ubicación en un camino estrecho, no se podía ver otra morada.
Cuando decimos que el médico dudó y siguió caminando unos cuantos pasos más allá de la casa, antes de poder sobreponerse y levantar la aldaba de la puerta, no decimos nada que pueda despertar una sonrisa en el rostro del lector más audaz. La policía londinense estaba en un lugar distinto ese día; la localización tan aislada de los suburbios, cuando las mejoras del progreso aún no habían empezado a conectarlos con el centro de la ciudad y sus alrededores, hacía que muchos de ellos (y este en particular) fuesen un lugar en el que uno se podía encontrar con los peores y más depravados personajes. Incluso las mejores calles de Londres aún no estaban bien iluminadas en esa época, así que este tipo de barrios quedaban a la entera merced de la luna y las estrellas. La probabilidad de encontrar a este tipo de personajes o seguirlos hasta sus guaridas eran, por tanto, muy escasas y sus delitos mucho mayores en atrevimiento, ya que eran conscientes de la seguridad que les proporcionaba. A todas estas consideraciones, hay que añadir que el joven había pasado un tiempo en los hospitales públicos de la metrópolis y, aunque ni Burke ni Bishop habían adquirido una terrible notoriedad, sus propias observaciones le hubiesen indicado cómo de fácilmente el primero de ellos habría cometido sus atrocidades. Fuese como fuese, todos sus pensamientos le hacían dudar, pero siendo un hombre joven de mente fuerte y gran coraje, solamente fue durante un instante; regresó vigorosamente hasta la puerta y llamó educadamente a la puerta.
Se pudieron oír algunos cuchicheos justo a continuación, como si una persona al otro lado de la puerta estuviese hablando sigilosamente con otra en el piso superior. Esto fue sucedido por los pasos de un par de botas gruesas sobre el suelo desnudo. Alguien soltó cuidadosamente la cadena de la puerta, esta se abrió y apareció un hombre alto, con aspecto enfermizo y de pelo negro, cuyo rostro, como el propio médico diría más tarde, estaba tan pálido y demacrado como el de cualquier muerto que hubiese visto antes.
—Pase, señor —dijo en voz baja.
El médico obedeció y el hombre, una vez hubo asegurado la puerta de nuevo con la cadena, le guio hasta un pequeño salón al otro lado del pasillo.
—¿He llegado a tiempo?
—¡Demasiado pronto! —respondió el hombre.
El médico se giró apresuradamente, con una expresión de sorpresa que fue incapaz de ocultar.
—Si pudiese esperar aquí, caballero… —dijo el hombre, que evidentemente se había dado cuenta del gesto—. Si pudiese esperar aquí, caballero. No serán más de cinco minutos, se lo aseguro.
El médico por fin accedió a entrar en la habitación. El hombre cerró la puerta y le dejó a solas.
Era una habitación pequeña y fría, sin más muebles que dos sillas de pino y una mesa del mismo material. Había algo de fuego, desprotegido, ardiendo en una pequeña chimenea cuyo único propósito era el de alejar la humedad, ya que un moho muy poco saludable se estaba comiendo las paredes poco a poco, dejando unos surcos que parecían un montón de babosas. A través de la ventana, que estaba rota y se había intentado tapar en varios sitios, se podía ver un pequeño terreno inundado de agua. No se escuchaba sonido alguno: ni dentro de la casa ni fuera de ella. El joven médico se sentó junto al fuego a esperar el desenlace de su primera visita profesional.
No hubo permanecido en esa posición durante cinco minutos cuando el estruendo de un vehículo que se acercaba alcanzó sus oídos. Se detuvo, abrieron la puerta, se intercambiaron algunas palabras en voz baja acompañadas del ruido de muchos pasos a través del pasillo y las escaleras, como si dos o tres hombres estuviesen cargando un cuerpo muy pesado hacia la habitación de arriba. El crujido de las escaleras, unos segundos más tarde, anunciaba que los recién llegados habían completado su tarea, cualquiera que fuese, y estaban abandonando la casa. La puerta se volvió a cerrar y todo quedó de nuevo en silencio.
Pasaron otros cinco minutos; el médico ya había decido explorar la casa en busca de alguien que le explicase qué era lo que tenía que hacer allí cuando la puerta se abrió y apareció su visitante de la noche anterior, iba vestida exactamente de la misma manera y con el velo tapándole el rostro al igual que la noche anterior. Con un gesto le indicó que la siguiese. Su gran altura, unida al hecho de que no pronunció palabra alguna, hizo que, por un instante, la idea de que en realidad se trataba un hombre disfrazado atravesara su cerebro. Sin embargo, los sollozos que provenían de detrás del velo y la incontenible pena que expresaba su figura dejaron en evidencia lo absurdo de sus sospechas. La siguió de inmediato.
La mujer lo guio por las escaleras hasta el cuarto de la parte delantera y se detuvo en la puerta, para dejarlo entrar antes. Apenas estaba amueblada, tenía una pequeña caja de pino, algunas sillas y un camastro sin cortinas ni raíles que había sido cubierto con una colcha de ganchillo. La escasa luz que atravesaba la cortina que ya había visto desde el exterior hacía que los objetos de la habitación fuesen casi indistinguibles y les proporcionaba una tonalidad tan uniforme que ni siquiera logró percibir aquel objeto sobre el que más tarde se posarían sus ojos, hasta que la mujer lo adelantó frenética y se arrodilló a los pies de la cama.
Tumbada en la cama, envuelta con lino y cubierta con unas sábanas, se hallaba una forma humana, tiesa e inmóvil. La cabeza y la cara, pertenecientes a un hombre, estaban descubiertas, pero una venda cubría su mentón y la parte superior de su cabeza. Sus ojos estaban cerrados. El brazo izquierdo reposaba pesadamente sobre la cama y la mujer sujetaba la mano inerte.
El médico apartó a la mujer y tomó la mano en las suyas.
—¡Dios mío! —exclamó, dejándola caer de forma involuntaria—. ¡Este hombre está muerto!
La mujer se arrodilló y juntó sus manos.
—¡Por favor, señor, no diga eso! —exclamó con un estallido de pasión casi frenético—. ¡No diga eso, señor, no puedo soportarlo! Muchos hombres han sido devueltos a la vida cuando otros menos habilidosos los habían dado por perdidos, y otros que han muerto han podido ser recuperados recurriendo a los métodos adecuados. ¡No permita que se quede así sin al menos intentar algo, señor! En este mismo instante su vida se podría estar desvaneciendo. Inténtelo, señor. ¡Por amor de Dios, hágalo!
Mientras hablaba, no paraba de frotar el cuerpo inerte, primero la frente y luego el pecho para después golpear sus manos frías, las cuales, al dejar de sostenerlas, caían como sin remedio sobre la colcha.
—No hay nada que yo pueda hacer, buena mujer —dijo el médico mientras retiraba suavemente su mano del pecho del hombre —. Un momento… ¡descorra las cortinas!
—¿Por qué? —dijo la mujer mientras se incorporaba.
—¡Descorra esa cortina! —repitió el médico con voz agitada.
—Oscurecí la habitación a propósito —dijo la mujer tirándose delante de él cuando se levantó a hacerlo él mismo—. ¡Por favor, señor, tenga piedad de mí! Si no va a ser de ayuda y está realmente muerto, ¡no permita que otros ojos salvo los míos tengan que verlo!
—Este hombre no ha muerto por causas naturales —dijo el médico—. ¡Debo ver su cuerpo!
Con un rápido movimiento, la mujer supo que se había apartado de su lado y el médico descorrió las cortinas para permitir entrar la luz del día, entonces volvió junto a la cama.
—Ha sido una muerte violenta —dijo, señalando el cadáver y observando ese rostro que por primera vez no estaba cubierto por el velo negro.
Debido a la excitación del momento, la mujer había tirado el sombrero y el velo, y estaba de pie con sus ojos fijos sobre él. Sus rasgos eran los de una mujer de unos cincuenta años y que una vez habría sido hermosa. El llanto y los sollozos habían dejado una marca de la que no se podía culpar únicamente al tiempo, su rostro estaba mortalmente pálido y tenía una torsión nerviosa en el labio. Sus ojos, antinaturalmente enrojecidos, mostraban con claridad que sus fuerzas físicas y mentales casi se habían hundido debido a la acumulación de miseria.
—Ha sido una muerte violenta —dijo el médico, prosiguiendo con su examen.
—¡Lo ha sido! —replicó la mujer.
—Este hombre ha sido asesinado.
—Lo ha sido, a Dios pongo por testigo —dijo la mujer de forma apasionada—, ¡de forma cruel e inhumana!
—¿Quién lo ha hecho? —dijo el médico, agarrando a la mujer del brazo.
—¡Mire las marcas que han dejado los asesinos y pregúnteme entonces! —respondió.
El médico se giró hacia la cama y se inclinó junto al cuerpo, ahora iluminado por la luz que entraba por la ventana. La garganta estaba aplastada y un cardenal rodeaba el cuello. La verdad fue inmediatamente revelada.
—¡Es uno de los hombres que fueron colgados esta mañana! —exclamó, alejándose con un escalofrío.
—Lo es —respondió la mujer, con una mirada fría e inexpresiva.
—¿Quién era? —preguntó el médico.
—Era mi hijo —respondió la mujer antes de desmayarse.
Era cierto. Uno de sus cómplices, tan culpable como él, había sido liberado por falta de pruebas y este hombre había sido abandonado a su suerte, para su ejecución. Volver a relatar las circunstancias de este caso, tras tanto tiempo, parece innecesario y podría ser causa de dolor para algunas personas aún vivas. Era una historia que se repetía todos los días. La madre era una viuda sin amigos ni dinero que se había abandonado a sí misma para poder criar a su hijo huérfano. El chico, que no era consciente de las plegarias o los sufrimientos de su madre —su incesante ansiedad y ayuno voluntario—, se había lanzado a una vida de crímenes. Y este era el resultado: él había muerto a manos del verdugo y su madre, avergonzada, padecería una enfermedad mental incurable.
Durante muchos años tras este suceso, y cuando otras empresas más arduas y beneficiosas hubieran hecho que muchos hombres se olvidasen de que una criatura así de miserable había existido, el joven médico siguió visitando diariamente a la mujer demente e inofensiva. No solamente la calmaba con su presencia y su amabilidad, sino que aliviaba la dureza de su condición mediante donaciones pecuniarias, para su comodidad, sin escatimar en gastos. En el resplandor de los últimos pensamientos que precedieron a la muerte de la mujer, una plegaria por el bienestar y la protección del médico, tan ferviente como ninguna otra pronunciada por un mortal, salió de los labios de la pobre criatura sin amigos. Esa plegaria llegó a los cielos y fue escuchada. Todos los favores que le prestó fueron devueltos multiplicados por mil; pero, pese a todos los honores que se le han conferido y que tan bien se ha ganado desde entonces, su recuerdo más gratificante y preciado es aquel ligado al Velo Negro.